Menuda M

Como ciudadana me porto bien,  de verdad: respeto los semáforos; ayudo a cruzar a ancianos o personas dependientes; no “asesino” a niños que jugando me pegan un empellón (como sucedió el pasado lunes con resultado de una fractura); tampoco insulté a sus padres por no prestar más atención a su retoño, etc. Y también reciclo toda la basura de mi casa, donde no permito que nadie se salte las reglas consecuentes, cada vez más exigentes. Sobre todo desde que se ha añadido un cuarto contenedor para la basura orgánica, para la que el Ayuntamiento de Barcelona nos ha proporcionado a los ciudadanos un cubo marrón y bolsas ad hoc.

A los pocos días de recoger el susodicho cubo, cerca de mi domicilio aparecieron dos pequeños contenedores: uno marroncito y otro gris, ¡qué bien!, pensé pero, al cabo de una semana, ambos desaparecieron.  Entonces empecé la búsqueda por el barrio hasta dar nuevamente con ellos, y los encontré; había que caminar un par de manzanas más, pero estaban. Pronto advertí, sin embargo, que la gente los utilizaba a “mogollón”, lo cual si bien es cierto que se debe a que la cultura ecológica todavía no está realmente arraigada en nuestra sociedad, también lo es que tener que caminar unos minutos hasta los contenedores - y mucho más en días de lluvia y frío como ha sido frecuente este invierno -, no lo convierte en tarea fácil. También me pregunté si en lugar del habitual camión de la basura pasarían dos, o tres, cada cual para recoger su correspondiente bolsa reciclada. Pero no. Sigue pasando un camión que la va acumulando toda, lo que me hizo cavilar acerca de cómo reciclaban estos camiones, por si estaba haciendo el panoli. Llamé entonces al 010 y me contestaron que los camiones tienen compartimentos que la separa. Lo que sucede es que el ciudadano, en general, sigue mezclando sin distinción de “contenido”. (No quiero ni pensar en cómo se las deben arreglar los empleados para separarlos luego porque, es obvio que, esto, es misión imposible).

Volviendo al ejemplo de mi calle - peatonal, recoleta y con grandes macetas de hermosas plantas flanqueando cada portal - me pregunto qué hubiera pasado caso de que aquellos  pequeños contenedores, que apenas permanecieron unos días, se hubieran quedado en su sitio. Y así, en cada calle o manzana. Pues creo que, seguramente, al ciudadano, que suele llegar cansado a su casa, le sería más fácil adquirir estos nuevos hábitos, tan convenientes para la salud de la ciudad, y andaría unos pasos. Pero como no es así, aún hay que dar las gracias a los que depositan las basuras en los contenedores, aunque sea a destajo, porque el resto, cuanto menos en todo mi barrio, la tira tranquilamente en la calle, casi como en La Edad Media. Menuda M.



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